17.9.06

La cita sin nombre

Tomaba uno de los mejores cafés de la ciudad en el A Brasileira. Desvié la vista de mi libro (imprescindible leer novelas negras en estas calles hechas a imagen y espejo de las novelas negras), cuando la vi sentada en la mesa de al lado. Tenía la elegancia destruida de una princesa de otros tiempos, las manos melancólicas y la mirada oscuramente densa.

Con una mueca imperceptible me dijo que quería decirme algo. Me acerqué a su mesa. Espero a alguien, me dijo, alguien que no sé si vendrá, alguien que no sé de dónde viene ni sé dónde va. ¿Y quién es?, le pregunté. Es una imagen, una proyección, me dijo, un libro cerrado, una página en blanco. Y miró al frente, y empezó a liarse un cigarrillo.

Por un momento pensé que la muchacha esperaba sin esperar nada. Pero por el leve toque de rojo que apareció en sus pómulos supe que ese Otro existía, o al menos que en algún momento había existido. Le sugerí, sin embargo, que su espera se sostenía en una vaga esperanza. Nosotros, me dijo, los seres errantes, los autoexiliados de un mundo decepcionante, poseemos una gran verdad: hemos descubierto que lo contrario a la realidad no es la ficción, como las corrientes snobistas se empeñan en hacernos creer, me dijo. Lo contrario de lo Real no es lo Ficticio, pues ambos son la misma cosa: lo contrario de lo Real es lo Ideal. Y en ese terreno, me dijo, he asentado todo mi imperio. No soy ni portuguesa ni española ni francesa ni italiana, me dijo, mi única patria es esta tierra donde lo imposible se convierte en posible.

¿Y como se llama el muchacho?, pregunté, dándome cuenta inmediatamente que ella nunca había hablado de que esperase ningún muchacho. Nada de nombres, respondió tajante. En nuestra amarga tierra Ideal los nombres no significan nada, me dijo, te puedes llamar Hiroshima o Lola o Manganita o Ulises, pero sigues siendo la misma. Entonces recaí que en esa misma terraza tantas veces se había sentado Pessoa, el Hombre Sin Nombre, el que en cada historia se daba a si mismo un nombre diverso. Y acto seguido se agolparon en mi mente, como un cruce de vías, como una plaza de San Pietro dónde todos los caminos confluyen, cientos de miles de cosas Sin Nombre.

Y recordé que una vez había esperado como ella, años atrás, en un cruce de adoquines del Beaubourg Pompidou, y pasó la mañana y pasó la tarde y llegó la noche, y yo seguí esperando, como si esperase sin esperar nada, y entonces escuché la canción que me hizo arrancar el llanto, porque era mía y se refería a mi Nombre invisible, and she used to fall down a lot, that girl was allways falling again and again, and I used sometimes to try to catch her, but I never ever caught her name. Tengo una canción para este momento, me dijo ella, como si hubiese leído mi pensamiento disperso. Porque intuyo que no vendrá, me dijo, y yo siempre me equivoco en mis planteamientos. Sé lo que va a pasar, está ya escrito, dijo, como start a brand New Colony, where everything will change, we’ll give ourselves new names (identities erased)... Everything will change, dijo.

Y yo le dije que igual sí, que ojalá sí, pero que una vez yo había pensado lo mismo, que todo iba a cambiar, de un día para otro, por un encuentro mágico, por una esperanza inesperada, y que podía suceder, y todo sería maravilloso al menos por un segundo, un segundo hermoso porque un hechizo se manifiesta. Pero después nada había cambiado, solo se había añadido un nombre Sin Nombre más en mi larga lista de decepciones.

Decidí andar hacia otra parte, dejando a la Princesa herida en su solitaria espera. Y cuando recogía mis cosas y enfilaba hacía la Baixa, vi que alguien se acercaba por detrás de ella, y oí, ya a lo lejos, que le susurraba un tierno “hola”...