17.9.06

La cita sin nombre

Tomaba uno de los mejores cafés de la ciudad en el A Brasileira. Desvié la vista de mi libro (imprescindible leer novelas negras en estas calles hechas a imagen y espejo de las novelas negras), cuando la vi sentada en la mesa de al lado. Tenía la elegancia destruida de una princesa de otros tiempos, las manos melancólicas y la mirada oscuramente densa.

Con una mueca imperceptible me dijo que quería decirme algo. Me acerqué a su mesa. Espero a alguien, me dijo, alguien que no sé si vendrá, alguien que no sé de dónde viene ni sé dónde va. ¿Y quién es?, le pregunté. Es una imagen, una proyección, me dijo, un libro cerrado, una página en blanco. Y miró al frente, y empezó a liarse un cigarrillo.

Por un momento pensé que la muchacha esperaba sin esperar nada. Pero por el leve toque de rojo que apareció en sus pómulos supe que ese Otro existía, o al menos que en algún momento había existido. Le sugerí, sin embargo, que su espera se sostenía en una vaga esperanza. Nosotros, me dijo, los seres errantes, los autoexiliados de un mundo decepcionante, poseemos una gran verdad: hemos descubierto que lo contrario a la realidad no es la ficción, como las corrientes snobistas se empeñan en hacernos creer, me dijo. Lo contrario de lo Real no es lo Ficticio, pues ambos son la misma cosa: lo contrario de lo Real es lo Ideal. Y en ese terreno, me dijo, he asentado todo mi imperio. No soy ni portuguesa ni española ni francesa ni italiana, me dijo, mi única patria es esta tierra donde lo imposible se convierte en posible.

¿Y como se llama el muchacho?, pregunté, dándome cuenta inmediatamente que ella nunca había hablado de que esperase ningún muchacho. Nada de nombres, respondió tajante. En nuestra amarga tierra Ideal los nombres no significan nada, me dijo, te puedes llamar Hiroshima o Lola o Manganita o Ulises, pero sigues siendo la misma. Entonces recaí que en esa misma terraza tantas veces se había sentado Pessoa, el Hombre Sin Nombre, el que en cada historia se daba a si mismo un nombre diverso. Y acto seguido se agolparon en mi mente, como un cruce de vías, como una plaza de San Pietro dónde todos los caminos confluyen, cientos de miles de cosas Sin Nombre.

Y recordé que una vez había esperado como ella, años atrás, en un cruce de adoquines del Beaubourg Pompidou, y pasó la mañana y pasó la tarde y llegó la noche, y yo seguí esperando, como si esperase sin esperar nada, y entonces escuché la canción que me hizo arrancar el llanto, porque era mía y se refería a mi Nombre invisible, and she used to fall down a lot, that girl was allways falling again and again, and I used sometimes to try to catch her, but I never ever caught her name. Tengo una canción para este momento, me dijo ella, como si hubiese leído mi pensamiento disperso. Porque intuyo que no vendrá, me dijo, y yo siempre me equivoco en mis planteamientos. Sé lo que va a pasar, está ya escrito, dijo, como start a brand New Colony, where everything will change, we’ll give ourselves new names (identities erased)... Everything will change, dijo.

Y yo le dije que igual sí, que ojalá sí, pero que una vez yo había pensado lo mismo, que todo iba a cambiar, de un día para otro, por un encuentro mágico, por una esperanza inesperada, y que podía suceder, y todo sería maravilloso al menos por un segundo, un segundo hermoso porque un hechizo se manifiesta. Pero después nada había cambiado, solo se había añadido un nombre Sin Nombre más en mi larga lista de decepciones.

Decidí andar hacia otra parte, dejando a la Princesa herida en su solitaria espera. Y cuando recogía mis cosas y enfilaba hacía la Baixa, vi que alguien se acercaba por detrás de ella, y oí, ya a lo lejos, que le susurraba un tierno “hola”...

13.9.06

El Posible

Conocí a Montinari una tarde dorada de mayo. De inmediato se reveló como un tipo que trazaba intensos diálogos consigo mismo. Trabajamos dos meses codo a codo y pronto se convirtió en mi sombra, en mi compañero infatigable, en el receptor idóneo de mis absurdas conversaciones de bar. Nunca te pediré nada a cambio, me dijo. Eres tu y eres tu, me gustas, me gustas porque eres tu, me dijo.
Montinari tenía una personalidad desdoblada. Tenía un alter ego, un Posible que bebía de su pasado y hacía todas aquellas cosas que él había desechado hacer. Un Posible que realizaba las opciones vitales que él había decido no llevar a cabo. El Posible: un Posible que era todo lo que él no había llegado a ser. Un Posible que no llevaba diez años casado, que no había trabajado en el mundo del cine, que había cortejando a cientos de jovenzuelas como yo, que se había dedicado a jugar al fútbol y al baloncesto, que había sido una estrella del rock, había cantado ante ciento veinte mil personas, había sido infiel otras tantas veces y había leído el Ulises de Joyce.
El verdadero Montinari, en cambio, era un romántico mudo prendido de su vaso de vodka. Un filósofo transparente, rocambolesco y contradictorio, adicto a sus monólogos interiores. Pronto me convertí en su sombra, en su compañera infatigable, en la receptora idónea de sus absurdas conversaciones de bar.
Su Posible aparecía a menudo en los tugurios de San Lorenzo en Roma y le recriminaba el hecho de ser tan perro. Pero él bajaba la vista y me decía: yo te amo, él pude hacer las mil cosas que yo no hago pero no puede sentir lo que yo siento.
Yo nunca comprendí nada, hasta hoy. Hoy, que Montinari me ha asegurado que està en Roma pero
su Posible yace desnudo aquí a mi lado. Total, un polvo de más o de menos no hace ninguna diferencia.
Él no puede hacerlo, me ha dicho su Posible, demasiada presión social, demasiadas barreras, uhh, el matrimonio, ya sabes. Yo soy libre, me ha dicho el Posible, hago todo lo que él ha dejado de hacer. Él querría estar esta mañana aquí contigo y verte despertar en esta cama prestada escuchando The Stone Roses, pero no lo ha hecho, se ha dormido y se ha despertado en su cama de siempre, me ha dicho el Posible. Así que yo me quedo en su lugar, en el lugar que él habría deseado estar, me ha dicho. Y tenlo por seguro: tengo mucha más experiencia.
Entonces se me ocurrido que también podía esperar al otro y de ese
modo tendría una visión desdoblada de Mantovani. Mientras su Posible se enderezaba la camisa y se levantaba torpemente de esta cama prestada le he dicho: yo me quedo aquí desnuda si no te sabe mal, esperaré a Montinari hasta que venga.

30.1.06

La soñadora

La vi plantada en lo alto de Santa Trinità, apoyada en la baranda, escrutando el aire enmohecido. Miraba a lo lejos porque había perdido su gata, una bastarda de pelaje dorado, me dijo. Puede estar lejos o cerca, qué más da, la distancia no se mide en leguas ni metros cúbicos. En Roma los gatos se pierden entre las ruinas para ser observados. Engordan, desafían al tiempo, los gatos blancos y los grises y los tigreados, y los negros, especialmente, más ariscos y soberbios. Todos terminan marchándose tarde o temprano del regazo de su amo.
Me dijo que no tenía ninguna intención de buscarlo, al gato. La pérdida solo era un signo. Se sentía demasiado fatigada. Se había enamorado, me dijo, de unas palabras, cuatro o cinco, mal puestas. Se había enamorado de algo abstracto, otra vez, demasiadas veces ya, me dijo. El magnetismo no duerme mientras se cuele una brecha oscura entre la luz cegadora. Duele, la luz. Venimos de la noche y vamos hacia la noche, dijo, constatando el ciclo vital lógico. Nosotros, me dijo, los soñadores que nos posamos en los sitios altos arañando el crepúsculo, escupiendo en la dirección del viento, falseando la profundidad del fondo, poseemos una Verdad, me dijo: no encontramos las cosas porque no las buscamos.Me dirigí hacia las escaleras que bajan a piazza di Spagna. Allí la dejé, colgada en sus alturas. Un gato de pelaje dorado merodeaba entre sus piernas.

6.9.05

Banda sonora para una tormenta

(para los que siempre, siempre, siempre, perdemos los trenes)


La primera y última vez que he halagado a alguien sin mesura, fue a Serge Gainsbourg. Llovía en París, una entre tantas tardes de mayo. Entre los transeúntes que apremiaban el paso recaí en un hombre poco aliado con la lógica que se paseaba tranquilamente bajo el diluvio, se apoyaba en una pared de la iglesia de Saint Severin e intentaba en vano encenderse un cigarrillo. La silueta y el contexto le delataron: Gainsbourg en su hábitat natural. Me acerqué sigilosamente y viendo que no se inmutaba me planté descaradamente ante sus narices. Mirada ultraextraviada, media sonrisa. Ajeno totalmente a mi presencia, ensimismado en los torrentes de agua que arrastraban la mugre entre los adoquines, en el ritmo de una música exótica que resonaba en su cabeza y que compaseaba golpeándose el muslo con la palma de la mano.
Respiré: podría despacharme a gusto. Sabía que no me escuchaba. Mi voz resbalaría entre sus etílicas notas mentales, nunca sabría que yo había estado allí, nunca más me volvería a ver, no iba a acordarse de nada. ¡Pista libre para mi timidez remilgada!
Entonces, casi susurrando a su lado, le dije que era jodidamente bueno, que destrozaba, que le mandaría al carajo por tanto suspiro, que era responsable de mis lastimeras catarsis. Le dije que me había enganchado con la facilidad con la que él se tomaba un trago. Que la Javanaise demostraba que la música es un estado alternativo de conciencia. Que la belleza de lo patético se llama Melody Nelson. Que nada me resultaba más desgarrador que cantar alegremente a la heroína como una amante que te desprecia. Y que era comprensible que volviese loco a las muchachas si les hablaba del color del café. La ficción mito-maníaca me ha ayudado a enamorarme muchas veces; él no iba a ser la excepción. Proseguí mi desfogue bajo la lluvia sin temor a parecer zalamera, exaltando su sensualidad rota, su pose de mártir que ha perdido guerras en las que ni siquiera ha batallado. Su tortura de poeta, la ironía, la cruzada contra las buenas maneras, el despecho del antihéroe. Maldita la gracia de escribirse un réquiem ¿eh, compañero? Y lo dije todo de tirón, aumentando progresivamente el tono de voz, saldando con él la deuda por todas las veces que me he callado ante gente que admiro.
Gainsbourg siguió abducido en los charcos, mientras la lluvia chorreaba sus orejas y su compás interior se resistía a detenerse. El Quartier Latin, base de operaciones delirantes, tiene la banda sonora de las confesiones a un receptor ausente. Sus notas son todo el quiero y no puedo: la música es también silencio. Silencio. Respiré de nuevo, desfilando por Saint Severin, recreada en mi autoengaño. ¡Qué bajeza decir verdades cuando el otro no te escucha! Solo me quedaba convertir en dogma lo que Gainsbarre le decía a Gainsbourg: “Tu juegas a ser gilipollas. Tu juegas con las palabras”.

3.9.05

El Dinosaurio

Vivía Monterroso en París en un piso cuya puerta estaba siempre abierta. Dinosaurio era un célebre asiduo de las aceras, renombrado así por su envergadura más bien chica, que hallando un habitáculo abierto se instaló en un sofá ajeno, pues no disponía de otro techo, y allí se quedó, días no, semanas enteras, sin que nadie le pidiera explicación alguna. Todos los inquilinos suponían que era un amigo perdido de algún otro inquilino. Despertó un día Monterroso, con la tête de bois y el malhumor matutino provocado por ceniceros llenos, botellas deshechas, rastros de humedad en las paredes y la familiar hilera de cucarachas. Y por supuesto seguía ahí, en el sofá que ya había adoptado la forma de su trasero, como una pieza más del mobiliario, el sempiterno presente Dinosaurio.

26.8.05

¿Para qué sirve la literatura?

Palabras encadenadas y seres errantes, así se llama la época que viví en París. Seres errantes, herederos del decadentismo consagrados a las aceras, maoríes surcando la jungla urbana, flâneurs discípulos de Jim Morrison de amplios atavíos militares y parcas a lo Quadrophenia, envueltos conmigo en una inocua conjura contra el siglo XXI.
Sólo teníamos el tiempo. Yo escuchaba. Ellos contaban historias como viejos marineros desacostumbrados a pisar la tierra. Les ofrecí mi humilde homenaje cuando regresé posteriormente a Francia y la conjura ya había pasado a mejor vida, perdida en algún nicho de Père Lachaise o en las playas de la Gironde, en Montpellier o en Bélgica, en forma de una novelita titulada El efecto Rimbaud, que después de tres años sigue en una fase de corrección que preveo eterna.
Les encontré como se encuentra un céntimo, olvidado en un bordillo. Los cruzaba casi a diario como puras jugarretas del azar. Steve, alias McQueen, símil viviente del Petit Prince, cargaba siempre bajo el brazo un libro de tamaño ciertamente desproporcionado sobre arte imperial chino. Yo me preguntaba para qué querría toda esa ristra de genealogías y dinastías perdidas, fotografías en cuatricromía de la gran muralla, cuentos en caracteres chinos y dibujos de esculturas con pechos y falos enormes. Más de tres meses deambuló por París con tan magna obra. Hasta que un día se me fue revelado el secreto, cuando nos cobijamos en un portal escapando de una lluvia que había mojado el pavimento. Plantó el libro encima de un charco y dijo ya está, el arte imperial chino es siempre perfecto, uno no se moja el trasero; ideal este libro, impecable, portadas plastificadas y grande, muy grande, ¡un libro grande! Era cierto: encima de esos emperadores emperifollados cabíamos los dos.
Cuando conocí a David me regaló una edición de Pôche de Les fables de La Fontaine a modo de salutación. Hablaba un francés muy nítido, hola, soy un colgado y mi situación vital se resume en base al poema I: yo soy la cigarra, me dijo, y cuando la hormiga viene y me increpa, tu, insensato, baila, baila mientras yo trabajo, que después en invierno no tienes qué comer, estás acabado y me pides las sobras, yo le digo: maldita hormiga, que te jodan, vive con tus cadenas, esclava de piel de seda. Un día me encontré a David sentado en el andén de Bréguet Sabin, esperando un metro que por supuesto no iba a coger, leyendo un libro de la serie negra de Gallimard. Había concluido, analizando las semejanzas de la vida y la novela negra, junto con otras pesquisas criminales, que la literatura existía antes que el hombre. ¿Me dejas ver el libro? Al hojear la manoseada edición de bolsillo observé que las primeras veinte páginas había sido misteriosamente arrancadas. Le miré de soslayo e interpretó que le pedía una explicación. Bueno, dijo, el otro día mientras paseaba a la luz de las farolas por los jardines de Luxemburg tuve una urgencia fisiológica... y no tenía papel higiénico, ¡la literatura es útil, pequeña española! Llegó el enésimo metro y me subí, mirando por la ventanilla cómo se alejaba esa figura de pragmatismo inusitado que se sumergía de nuevo en su libro ajado.

23.4.05

Genealogía de la mujer fatal

La soledad me mantiene sin esperar nada a cambio, más que notas y empatías. Por eso, lo primero que hice en Los Ángeles fue dar gracias a la noche de insomnio por llevarme a un tugurio tosco y roñoso, dónde tras el umbral del humo de los cigarrillos que se fuman sin ganas, como una diapositiva desenfocada, bajo un foco de neón oscuro, se descomponía en escena la triste diva de la noche, Lady Srardust. Nunca antes había oído su nombre ¡Qué sombría revelación!
Lady Strdust había plantado su esbelta figura en el escenario, desplegando mecanismos de mujer fatal: dramatismo de larga melena negra, maquillaje tupido, noches de ginebra barata y el sentido de la vida implícito en los rastros de carmín pegados al micrófono. Apenas se movía más allá de sus lamentos, inerte bajo el foco. Como una Magdalena, de pronto se agarraba las manos, sobreponiéndose ambiguamente al fondo y la forma, eclipsando la melodía para convertirla en desgarro.
No podría decir si la estampa sonora era bella o hermosa, si le acompañaba un piano o si el local estaba vacío o medio vacío. Solo me di cuenta que lloraba cuando ya era demasiado tarde. Cuando la aflicción y el ensueño ya no tienen vuelta atrás y una empieza a decirse que la noche es púrpura como el dolor mismo.
Sucumbí a la seducción extrema de la Lady, al magnetismo de su cuerpo moldeado por amargos aullidos. Me rendí a sus pies, fatalizada por efecto mimético, implorando que nunca terminase nuestra soledad ni la música rota que da vida a las cosas: a los condenados a perder de antemano nos queda la elegancia, que es lo último que se pierde.
Al apogeo del hechizo le sucedió un hueco. La imagen de la Lady me persiguió tres largas noches y varios meses más. Intenté en vano verla de nuevo, preguntando en tiendas de discos, antros y garitos lúgubres. Pero había desaparecido del mapa, condenada al exilio de su infinito mundo afligido.
El curso de mi historia enterrada con Lady Stardust cambió de pronto un día, cuando se publicó The raise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972, EMI Records). Para mi gratísima sorpresa, David Bowie, maestro camaleónico de una escuela ficticia, había dado con la Lady y le regalaba una canción.
El tema me golpeó más que por su fuerza, por ser una réplica exacta del recuerdo que yo tenía de esa noche. Bowie daba en el traste con la expresión perfecta de la triste figura de la Lady, en un cuchitril que bien podría haber sido el mismo. Ahí estaba la delicadeza de lo no-visible, la placentera desdicha de ritmos rasgados a horas funestas, cuando el norte y el sur se confunden y solo quedan amargos aullidos para exhibir la pesadumbre y derrumbarse con estilo en un paraíso perdido. Bowie tenía razón: su gracia era animal.

8.4.05

Tráfico de sonidos

El primer Mini K7 que tuve en mis manos, me lo vendieron Lou Reed y John Cale. Fue por encargo de un amigo perdido, un empeñado en registrar delirios y sonidos, paseante insaciable de la calle 47 Este. Philips había lanzado el invento a principios de ese 1964 y el amigo perdido, un marginado por la economía, asiduo en el extraperlo, me condujo al 56 de Ludlow Street.
“Es aquí. Sube tú a buscar el aparato, que a mi me tientan. El piso, no lo sé. Guíate por el ruido”. Crucé una galería y subí unas escaleras hasta dar con el rellano más estruendoso, dispuesta a cumplir mi cometido.
Tras la puerta entreabierta, un órgano y una guitarra se habían enfrascado en una imparable competición de decibelios. El moho y las grietas verdes de las paredes del apartamento denotaban el peculiar gusto decorativo de dos muchachos, bucaneros del chirrío timoneando sus instrumentos, que habían trabado una jovial convivencia con cucarachas, cables, botellas vacías, aparatos reproductores y mejunges de droga prêt-à-porter.
Les vi tan lejos en su arrebato, tan cómodos con su pinta de herederos beatniks, que tuve a bien esperar, con los ojos como platos, el fin del despliegue exaltado de distorsiones y olor a cenicero. Piel de gallina, hasta que pararon, extasiados.
“¿Tú qué quieres?”, dijo uno de ellos, un galés de melena desbocada. “Ah, el encargo del amigo perdido, ya. ¡El super magnetófono última generación! ¿Quieres opio, también? ¿Hierba?”. Mi idioma macarrónico hubiese sido un impedimento para disfrutar la velada. Di las gracias y me fui con el MiniK7 bajo el brazo.
No volví a ver a mi amigo perdido hasta cuatro años después, en la misma calle 47 Este. Llevaba en la mano un disco que acababa de adquirir en un store de Chinatown, con el magnético dibujo de un plátano en la portada. “Mira, son los del magentófono”, me dijo. Y a partir de ese día mi amigo perdido desapareció para siempre de las aceras de Nueva York dejándome un disco, préstamo sin retorno.
Me enfrenté, a la vez, con el Velvet Underground and Nico (Polygram Records, 1967) y el recuerdo de un roñoso apartamento habitado por dos traficantes de magnetófonos. Entre un lirismo sensual y andrógino, los profetas del ruido exhibían deseos recónditos, ruinas personales y un completo panejírico de lo estupefaciente, envuelto por puntos de delirio sonoro como los que yo había presenciado años antes. Me atrajo, además, la volubilidad de voz de la muchacha, Nico, a la que habían dejado cantar en algunas pistas, pero su papel me pareció una pose: las mujeres fatales son morenas por definición.
Me deprimí, más por la pérdida de un perdido que por la propulsión de ideas que circulaba por del disco. Paradógicamente, fueron los nihilistas psicodélicos los que me mostraron un reducto en el que no había vacío: la música de terciopelo.

20.3.05

El búnquer de Robert Smith

Encerrarme en una habitación con Robert Smith fue la única manera de comprenderle. Él mismo me lo dijo cuando pactamos la cita: “te suplico que te arrastres conmigo”. En una sala de caja de zapatos, feudo de su claustrofobia creativa. Él acababa de publicar Disintegration (Fiction Records, 1989). Yo llegué con inocente perspicacia y vestido negro. Por fin cerró la puerta: ya podía olerse el vacío en todo su esplendor.

iris. Disculpa el retraso. ¿Cómo estás?
robert. Me asfixio. Respiro inmundicia. En ninguna parte brilla el sol… Sé que por la mañana despertaré con un frío estremecedor. ¡Hace tanto frío! Como el frío que tendrías si estuvieses muerto.
i. Si hablas de esta manera vas a conseguir darme lástima. Bonito bajo, por cierto.
r. Estoy fuera de tiempo, fuera del paso y me clausuro. Nunca duermo por falta de horas. Ha pasado el tiempo y estoy otra vez desperdiciado, luchando sin esperanza contra el diablo, sintiendo que un monstruo trepa en mi yo más profundo y me roe hambriento el corazón. ¡Nunca me desprenderé de este dolor!
i. ¿Te gusta fustigarte, eh, amigo? ¿Tan mal te ha ido con las chicas?
r. Como que las fotografías son todo lo que puedo sentir. No sé cómo sentirme. Nunca llegué a decir todo lo que querría haber dicho, ni supe dominar las palabras, ni hacerlas creíbles.
i. Te comprendo. A menudo el lenguaje no nos basta.
r. ¡Si al menos hubiese encontrado las palabras adecuadas!
i. Dale, no te fustigues. Regocijarse envoz alta con el propio sufrimiento es excéntrico. ¿Es así, con tus angustias, como logras ser prolífico en la reclusión?
r. Sosteniendo la respiración por temor a dormirme de nuevo, sosteniéndola en mi cabeza. Cortando en seco la médula de los huesos. Dando vueltas y vueltas y vueltas, haciendo y deshaciendo una vez más y otra y otra...
i. ¡Basta!
r. Me gusta que grites. Pero si abres la boca, no puedo hacerme responsable de lo que entre en ella ni preocuparme por lo que salga. ¡Wow! Olvido cómo moverme cuando mi boca está así de seca y mis ojos son corazones que estallan en un cielo teñido de sangre.
i. Y te vuelcas en tus papeles, entre las seis cuerdas. Tu necesidad parece que viene de lejos.
r. Es la necesidad de una sensación real, de algo más que mofa. Pero mordisco tras mordisco también me asalta la necesidad de soltar mi numerito.
i. Porque sabes perfectamente que eres la estrella del ‘show’.
r. Pero nunca digo que querría llegar hasta el final…
i. Tu atractivo está más en lo que ocultas que en lo que muestras. Es la erótica de las máscaras.
r. Vamos a cortar la conversación y salgamos un poco, porque siento que todo se funde y empalidece.
i. No, aún no, por favor. Dime más cosas que te inspiran.
r. La mirada de un fantasma. La peste del amor, las rodillas flexionadas, la adicción a las duplicidades. A veces siento que estoy siendo devorado por mil millones de escalofriantes agujeros peludos. ¡De pronto! ¡Un movimiento en la esquina de la habitación! Ya no puedo hacer nada cuando me doy cuenta, asustado, ¡que esta noche voy a ser la cena del hombre araña!
i. Eso es jodido. Pero veo que las percepciones, más o menos falaces, también hacen volar tu imaginación.
r. Nunca sé si nada es real. Por muy lejos que esté... Por mucho que viva... Diga las palabras que diga...
i. Supongo que lo que haces te aporta alguna recompensa.
r. Hoy, todo lo que ganas se convierte en nada.
i. Eres muy nihilista.
r. Todo se acaba como si fuera el fin del mundo. Siento... que estoy viviendo en el filo del mundo, arrastrado por la corriente.
i. Tengo que marcharme. ¿Me prestas tu lápiz de labios?
r. Despídeme con un beso, échame a empujones antes de que me duerma…

Mr. Smith se quedó de pié en el centro de la habitación. Pure Cure, con su palidez y los ojos fijos en lo indefinido. Antes de volver a cerrar la puerta me dedicó una última pregunta retórica, levantando las palmas de las manos hacia el techo: “¿no ves que yo lo intento?”.

19.3.05

Una tarde y una perla

Una indefinida maraña de cruces de vías, trenes sin destino y coches prestados me llevó a San Francisco. Recortes de postales de una tarde deliciosa, un café de luz tenue y una muchacha impía al fondo de la barra.
Como era la única inquilina del local me acerqué a ella para pedirle un cigarrillo. No se inmutó. Parecía abducida en el pedazo de limón que flotaba en el líquido transparente de su vaso. Lo terminó de cuajo, se giró hacia mí: “venga, tomemos un trago”. Y sin dejarme responder le pidió al barman una botella de ginebra.
La reconocí en ese momento. Había oído sobre las peripecias de una Dama Blanca del Blues que ponía en escena una perfecta simbiosis entre música y pathos. Pero nunca hubiese imaginado que encontrarla en un bar desértico sería la primera y última vez que me he sentido con el don de la oportunidad.
Mi charla con Janis Joplin tuvo mucho de palabras y silencios de esos que surcan el aire, como las historias de los marineros, pero en tierra de nadie. Respiros enlazados con una sarta de teorías introspectivas, escaleras de la vida, dicotomías de sufrimiento y hielo en la almohada. Todo para concluir acordemente, sin sarcasmo, que las barras de los bares ejercen magnetismo para con las penas de amor.
En lo que duró la botella, proporción diez a uno a favor de Janis, supe que algo mágico sucede cuando se encuentran dos mujeres errantes. Que nadie sirve los tragos como ella. Que sentirse una eterna perdedora no significa que hayas perdido más que el resto, y aún más: que tratándose de blues, la complicidad ni se compra ni se vende.
“¡Hasta luego!”, me chilló cuando salí del bar, “si te mueres antes que yo, pregúntale a Dios qué pasa con las llaves”. “¿Qué llaves?”. “¡Las del Mercedes!”. Una risa se ahogó al otro lado de la puerta.
Resultó que ella murió antes. Cuando en 1971 se publicó Pearl, homenaje póstumo a la fuerza de la ingravedad, los berridos estremecedores de Janis me alertaron sobre un detalle en la portada del disco que se me había pasado por alto: las plumas de colores intensos que le cubrían el pelo.
Mis suposiciones se confirmaron años después, cuando leí una anécdota en uno de los tantos libros que se han escrito sobre Janis. Una noche, andando por el cuarto de Patti Smith, llorando por unas copas de menos, le cayeron al suelo las plumas que llevaba sobre la cabeza. “¡Dios! ¡Pareces tan pequeña!”, le dijo Patti Smith. “Chica, es porque no tengo mis plumas en la cabeza”. Se las recolocó ante un espejo. “Eso es todo, chica... me las pongo... ¡y ahora soy realmente grandiosa!”.
Las plumas. ¡Por eso se sentía tan espléndida conmigo aquella tarde! Aunque tengo por costumbre no intrometerme en fetichismos ajenos, me sentí torpe al no haber recaído antes en el detalle. En el peinado fucsia, en cómo inclinaba la cabeza hacia atrás durante nuestra charla, agarrando el limbo del vaso con una mano y haciendo malabarismos con la otra para que no se derrumbase su tocado de plumas. Prestidigitación, eso es, el brillo en nácar de Pearl.